Flores y herencias en la misa ricotera: el sutil desmarque de Villarruel ante el portazo oficial.
Mientras la Casa Rosada le cerraba el Congreso al Indio Solari por “seguridad”, la Vicepresidenta envió flores a Avellaneda. Un pase de facturas perfumado que expone la fractura oficialista ante el luto popular.
La muerte de Carlos Alberto “El Indio” Solari provocó un sismo de un millón de almas en las calles y, casi de inmediato, activó el siempre listo reflejo de la rosca política local. El fallecimiento del exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, provocado por un ACV hemorrágico el pasado viernes, no solo desató una histórica procesión popular en el Polideportivo Gatica de Avellaneda. También funcionó como el escenario perfecto para que la vicepresidenta Victoria Villarruel ejecutara un nuevo y milimétrico desmarque de la línea dura de Javier Milei.
Veto oficialista y diplomacia
Cuando la marea humana ya desbordaba el conurbano, Villarruel sorprendió en sus redes sociales al compartir las imágenes de dos imponentes coronas de flores enviadas a título personal al velatorio. El gesto, que para un distraído podría pasar como un simple pésame institucional, caló hondo en la interna del oficialismo. La Vicepresidenta elegió homenajear a la leyenda de la música popular justo después de que el Poder Ejecutivo le diera un portazo definitivo a la familia del músico.
La primera opción para el último adiós había sido el Congreso de la Nación, una idea motorizada por Cristina Fernández de Kirchner en diálogo directo con Virginia, el entorno íntimo del cantante. Para la expresidenta, el Palacio Legislativo era el lugar natural porque allí “se ha despedido a grandes de verdad”. Sin embargo, el Gobierno nacional vetó la iniciativa tras horas de tensión. El presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, clausuró la discusión en redes sociales alegando estrictas “razones de seguridad”.
Con el Congreso cerrado y los fanáticos concentrándose espontáneamente en Plaza de Mayo, la Casa Rosada pareció recular tarde: ofreció Tecnópolis cuando la procesión ya marchaba hacia el sur. Pero la diplomacia del “no” ya había hecho su trabajo, dejando el camino libre para que Villarruel exhibiera su propia agenda de cortesía e impacto, a salvo del dogma libertario.
Herencias compartidas
La negativa oficial obligó a barajar estadios como los de Boca, Racing o Huracán, e incluso el Hipódromo de La Plata, hasta que la intervención de Máximo Kirchner inclinó la balanza hacia Villa Domínico. El líder de La Cámpora se instaló en la mítica residencia de Parque Leloir para coordinar la logística codo a codo con la familia y reactivó el teléfono con Axel Kicillof —con quien no hablaba desde hacía meses— para desplegar el operativo de contención en el Polideportivo Gatica.
En medio del frenesí organizativo, Kirchner apeló a la memoria emotiva para justificar la monumental movilización. Recordó una vieja máxima que le transmitió Néstor Kirchner tras la muerte de un dirigente muy querido: “Ahora es de todos”. La frase, desempolvada para la ocasión, buscó investir el caótico funeral de Avellaneda con una mística de propiedad comunitaria.
Al final del día, el peronismo gestionó el dolor, el Gobierno nacional miró de reojo y Villarruel, con un par de arreglos florales, demostró que en política los espacios vacíos se llenan. Después de todo, en el manual de la supervivencia política, una buena corona de flores a tiempo siempre es mejor que quedar sepultado por el dogma.
