El tablero político argentino asiste a una de las piruetas retóricas más audaces de las últimas décadas. Miguel Ángel Pichetto, el eterno armador del poder legislativo, ha dinamitado su propio libreto reciente al exigir la inmediata liberación de Cristina Fernández de Kirchner y proponer formalmente en la Cámara de Diputados que el Congreso debata la nulidad del fallo que la condenó en la causa Vialidad. Para un dirigente que en 2019 cruzó el Rubicón para ser el candidato a vicepresidente de Mauricio Macri bajo una bandera rígidamente antikirchnerista, este giro no es un mero cambio de opinión, sino un movimiento tectónico de realineamiento político de cara al escenario electoral de 2027.
Para comprender la magnitud del presente, es imperativo revisar el archivo. Durante años, el actual jefe del bloque Encuentro Federal encarnó el peronismo institucional y republicano que buscaba jubilar el liderazgo de la expresidenta. En reiteradas entrevistas, llegó a calificar como un error histórico del peronismo la subordinación del espacio a la estrategia política diseñada por Kirchner. Su conversión en socio del PRO estuvo cimentada en la promesa de clausurar la etapa de la polarización extrema. Sin embargo, el pragmatismo que define su trayectoria parece haber dictado un nuevo diagnóstico, ya que ante el avance libertario, la fragmentación de la oposición tradicional es el camino hacia la irrelevancia.
La doctrina jurídica como escudo político
Lejos de presentarse como un converso ideológico, Pichetto ha estructurado su defensa de la exmandataria con el ropaje del purismo procesal. Sus argumentos ante la Comisión de Derechos Humanos y Garantías no apuntan a la inocencia moral, sino a las formas del sistema judicial, un terreno donde se mueve con comodidad de cirujano.
El diputado ha fundamentado su pedido de nulidad bajo tres ejes técnicos severos. En primer lugar, denunció una falta de imparcialidad originaria al señalar que los miembros de la Corte Suprema debieron excusarse y conformar un tribunal ad hoc, argumentando que el hostigamiento del juicio político previo promovido por el kirchnerismo viciaba la neutralidad de los magistrados. En segundo lugar, remarcó la desproporción de las penas al catalogar como un sinsentido legal que la inhabilitación perpetua para ejercer cargos no guarde relación lógica con los seis años de prisión efectiva, citando como jurisprudencia comparada los casos internacionales de Marine Le Pen en Francia y Jair Bolsonaro en Brasil. Por último, alertó sobre el fantasma de la fragilidad democrática, sosteniendo que la reclusión con tobillera electrónica de una figura que ocupó la jefatura del Estado en dos oportunidades coloca a las instituciones en un estado de vulnerabilidad extrema.
La construcción del Modelo Lula para 2027
Detrás de la pirotecnia jurídica se esconde la verdadera arquitectura del poder. Las visitas personales de Pichetto al domicilio de Kirchner, que intentaron ser justificadas inicialmente bajo un prisma estrictamente humano y de solidaridad, decantaron rápidamente en una estrategia de reconstrucción opositora. El plan de máxima emula explícitamente el frente amplio que llevó a Luiz Inácio Lula da Silva de la prisión de Curitiba de vuelta a la presidencia brasileña.
Pichetto sabe que para frenar las reformas de la administración de Javier Milei es indispensable aglutinar al peronismo orgánico, y entiende que la centralidad de ese espacio sigue pivotando sobre la figura de Kirchner. Al agitar el fantasma de la persecución política con su ya famosa frase sobre que lo que hoy le pasa a Cristina mañana le puede pasar a Milei, el legislador busca trazar una línea de autodefensa corporativa de la política tradicional frente al discurso oficialista. La historia juzgará si este volantazo es interpretado por la sociedad como un acto de madurez y defensa de las garantías constitucionales, o como la enésima pirueta de un camaleón político que lee, antes que nadie, hacia dónde soplan los vientos del poder en la Argentina.
